Miedo, esperanza y victoria

Tenemos miedo de vivir por cuanto sucede: homicidios, narcotráfico, huelgas, secuestros, asaltos, impunidad…; pero si se lucha, renace el deseo de vivir y de fomentar la paz social y  la justicia mas  los valores humanos y espirituales. No dejemos de promover el bien común, la libertad responsable, la generosidad y el respeto a las personas y sus opiniones. Volvamos a vivir sin miedo ni temores e ideologías dictatoriales. Continuemos fomentando la paz y la amistad.

No impulsemos la autosuficiencia personal, que termina en la soledad de la nada y en renunciar a la amistad y la empatía. Esta renuncia ahuyenta la consolidación de la convivencia y puede inducir al odio racial.

El ser humano está hecho para vivir y compartir. Abandonar esta dimensión antropológica es sinónimo de cobardía. El deber es enfrentarse a las responsabilidades, ya sean familiares, laborales o  sociales.

No olvidemos que el país lo construimos entre todos y que todos nos necesitamos. No aceptemos las divisiones ni la citada autosuficiencia  personal, que solo fomenta el olvido de los más desamparados de la sociedad, muchos de ellos hacinados en pequeñas viviendas, casi siempre provistas de peligrosas instalaciones eléctricas. No nos engañemos: son nuestros hermanos.

Recordemos que no estamos solos, como seres lanzados al vacío. Somos personas creadas, no lanzadas al mundo sin ninguna esperanza futura. Al menos cuidemos y respetemos la libertad de vivir en democracia y de alcanzar en todo la victoria y de amar y de servir.

¡Pobre la suerte de aquellos hermanos apegados a la soledad de la nada! Los creyentes demos ejemplo de comprender, de convivir, de disculpar, de perdonar y de ser humanos y no tóxicos o dañinos. Debemos llevar paz en el corazón para dar paz.

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