La reforma fiscal. Entre Orwell y Churchill

Con independencia de la aprobación del Proyecto de Ley para el Fortalecimiento de las Finanzas Públicas, hay algo que debemos tener claro, porque la amenaza de una crisis no se neutralizará simplemente con un aumento de impuestos.

Aún con todos los méritos de nuestro desarrollo, no debemos ignorar que esta aspiración ha servido de coartada para construir un Sistema que, en nombre de una solidaridad mal entendida, se basa en una repartición sofisticada pero caprichosa, de ventajas y privilegios. Nos transformamos poco a poco en una versión “a la tica” de la granja que George Orwell describió en su novela de 1945. Una donde todos somos iguales, pero donde hay unos más iguales que otros.

Dicha repartición funcionó mientras hubo plata, pero ese tiempo pasó y hoy vivimos de las rentas del pasado, acercándonos cada vez más a la quiebra. Encontrar una solución ha demostrado ser un problema. Primero, porque la misma existencia de la amenaza fue puesta en duda demasiado tiempo. Segundo, porque ahora que ya no se puede negar la crisis, para nuestro estamento político resulta casi imposible concebir una solución que no repita la transa.

El Presidente Carlos Alvarado debió reconocer ese contexto de negación y desconfianza, al valorar sus opciones frente a la situación fiscal.

El propósito nunca debió concentrarse en subir los impuestos para salir del apuro, y seguir financiando el statu quo. Si bien a estas alturas el aumento es inevitable, debió plantearse en función de contar con recursos frescos, para acometer la transformación del Sistema, mediante la reingeniería de programas e instituciones, regímenes de empleo y pensión, y la creación de un sistema tributario tan parejo y sencillo como sea posible, con tarifas tan bajas como sea razonable, con la menor posibilidad de exoneraciones y con la menor oportunidad de eludir y evadir. Es decir, el objetivo ni siquiera debió limitarse a reducir el gasto público. Debía ir más allá, para devolver un sentido de igualdad y justicia a su propia organización, renovando sus prioridades y mejorando su eficiencia.

Siempre habría sido controversial, pero el Poder Ejecutivo habría contado con argumentos para movilizar a la opinión pública. Hoy, a lo más que puede aspirar, es a la resignación de unos, y a que los demás no hagan mucha bulla. Sucedió lo opuesto. Después de ganar las elecciones, y posiblemente para evitar el previsible conflicto y la crisis subsiguiente, eligieron seguir adelante con el proyecto fiscal de Helio Fallas y Luis Guillermo Solís. Hoy, la estrategia se tambalea, mientras que la amenaza de conflicto y crisis no deja de agravarse.

En 1938 Winston Churchill, lamentando el resultado de la política apaciguadora de Chamberlain, pronunció aquella famosa sentencia: “os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra; elegisteis el deshonor y ahora tendréis la guerra” Esta sentencia podría referirse perfectamente a la estrategia seguida por el Gobierno.

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