En todo apostolado…

Marcos Rojas Orozco era un campesino de verdad, agricultor por los cuatro costados, mi amigo, ahora en la dimensión superior, empuñaba tanto la macana, el pico, la pala o el rastrillo e igual, tomaba con delicadeza la guitarra, sin explicación lógica de cómo los grandes dedos majaban cada cuerda para sacar las notas de la canción.

Carpintero a ratos, albañil en otros momentos, ningún oficio le era ajeno, ni que decir de sus memorables rezos del niño, aquel hombre de piel curtida por el sol se arrodillaba ante la imagen del Cristo recién nacido, ubicado en un portal donde convivían las gallinas, los perros o los gatos, cantaba con voz grave y decía las letanías en un latín posiblemente aprendido en los arrabales ramonenses.

El sombrero de Marcos era lo más versátil que haya conocido, igual lo cubría del inclemente sol,  se lo quitaba para atilintar una cerca, tapar temporalmente una herida, secarse el sudor o llenarlo de cebollas para entregarlas a cualquier visitante en su hermosa huerta.

Un día le entregaron una casa de interés social, para nada se la donaron, él iba religiosamente con su familia a batir mezcla, a trabajar con los participantes del proyecto, contar chistes, anécdotas matizadas con alguna exageración, en su nueva vivienda lo que más extrañó fue la tierra, para el agricultor es como la sangre que corre por las venas, buscaba cualquier predio, poco le importaba que su producto fuera a medias con quienes merodeaban para llevarse lo que  plantaba en jornadas salpicadas de sudor y barro.

Me encantaban las tertulias con Marcos, disfrutaba los acordes cuando acompañaba la canción del “burro socarrón”, sabía la hilaridad que causaba cuando se ponía a imitar los sonidos del cuadrúpedo, inflamaba su pecho, las venas se hacían más grandes en  su ancho cuello y le ponía más ganas al grito que asemejaba al jumento.

En su humildad Marcos era un maestro, ese día conversábamos cerca por medio, era la época  cuando las primeras lluvias hacen que la tierra clame por semillas, nadie mejor que él para atender el llamado del surco, un vaso con fresco era el pretexto, la tarde caía, no había mucho margen para el diálogo extenso, de regreso a las labores, en la primera palada el cuerpo del hombre se estremeció, la herramienta rebotó en una botella de plástico enterrada y entonces aquél sabio, iletrado por cierto, soltó una de las máximas de la sabiduría campesina y le dijo a los cuatro vientos…”En todo apostolado hay un Judas”.

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