Basta con la cultura del irrespeto.

Provoca dolor e indignación, a quienes aún creemos en la bondad de los humanos, la ausencia de respeto hacia los demás que, en los últimos años, se ha ido consolidando como una posible causa de la desintegración social a la que está sometido nuestro país.

Aquel envidiable respeto, propio del espíritu de nuestros antepasados, por todas aquellas personas que nos rodean, hoy ha caído en desuso cuando la ley del irrespeto ha desencadenado una ola de intolerancia, egoísmo, apatía y autodestrucción espiritual.

Pregoneros del irrespeto son, por ejemplo, algunos choferes de bus que no esperan a que las personas mayores se sientan tranquilamente antes de emprender de nuevo el recorrido o que no se detienen en las respectivas paradas para que ellas aborden el transporte.

Son también proclamadores de la falta de respeto algunas personas en las ventanillas de oficinas que nos atienden con malos modos; algunos taxistas que nos reciben con mal genio o algún docente que menosprecia a sus estudiantes con su autoridad.

También son emblemas de irrespeto aquellos políticos quienes engañan al pueblo; la familia que se construye sobre gritos y abusos; el rechazo a la sabiduría de los adultos mayores; quienes hacen del dinero y lo material sus dioses o quienes pregonan el machismo, la xenofobia y la intolerancia ante la libertad de culto.

Percatarse de esta realidad, así de desnuda, es doloroso; sobre todo cuando uno ve como la infancia y la juventud van cayendo en una enorme pérdida de valores producto de la carencia de respeto por los demás. Ahora bien, si esto es grave, es todavía más delicado que la pasividad, complicidad y apatía por parte del pueblo costarricense, sean los incentivos del incremento de una cultura de irrespeto. Poco es lo que se puede hacer si el país adopta una posición de simple espectador ante ese deterioro social a causa de la falta de respeto.

Definitivamente a este antivalor hay que atacarlo de frente. Y refutarlo, inicialmente, desde nuestros propios ámbitos privados. Pero no basta, en este caso, una llana disposición de cambio, sino una real intención de querer desterrar decididamente el irrespeto de nuestra realidad social.

Aunque la situación es caótica, no todo está perdido para aquellos quienes todavía confiamos en los humanos. En nombre de la sociedad costarricense, y de la fe firme de la aspiración humana de ser cada día mejores, debemos empeñarnos en rescatar el respeto como un legado de nuestra historia para que construido en agua viva de paz en nuestras acciones, vuelva a fomentar la convivencia fraterna entre las personas y construya, por y para todos, un mundo con mayor dignidad.

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